Teléfonos fuera
La retirada del móvil en una estudio a gran escala en India
Hoy os traigo el estupendo trabajo de Sungu y colaboradores que, como siempre, podéis leer pinchando aquí. Se trata de un estudio de una alta calidad, ya que consiste en un ensayo aleatorizado con 17.000 estudiantes y con un método que fue registrado antes de llevar a cabo el experimento. Es decir, primero se especifica claramente lo que se va hacer, y los análisis consecuentes, y luego se realiza el estudio siguiendo los pasos especificados.
Este estudio plantea una pregunta incómoda para muchos: qué ocurre cuando el aula deja de competir con el teléfono. No pregunta si el alumnado debería aprender a usar mejor la tecnología, ni si los móviles pueden tener usos didácticos legítimos. Pregunta algo más elemental: qué efecto tiene retirar físicamente el móvil durante la clase sobre el rendimiento académico, la experiencia y el bienestar del alumnado y la dinámica observable del aula.
Como hemos dicho, es un ensayo controlado y aleatorizado realizado en la primavera de 2024 con 16.955 estudiantes de diez instituciones de educación superior en Odisha, India. La intervención consistió en exigir al alumnado de los grupos asignados al tratamiento que depositara el teléfono en una caja al inicio de cada clase; los grupos de control mantuvieron el acceso habitual al dispositivo. La asignación se hizo por departamento y semestre, de modo que el alumnado vivía una condición relativamente estable durante el periodo de estudio, y no como una norma ocasional aplicada por un docente aislado.
El resultado principal es claro, aunque conviene leerlo con precisión. La retirada del móvil produjo una mejora media de 0,086 desviaciones típicas en las calificaciones. No es una revolución, pero tampoco es un efecto trivial. Los propios autores lo comparan con otras intervenciones educativas, como programas de desarrollo profesional docente o reformas curriculares, cuyos efectos suelen moverse en estos rangos modestos. Lo más interesante es la distribución del efecto: la mejora fue mayor en alumnado con rendimiento previo bajo, en estudiantes de primer curso y en áreas no STEM. En otras palabras, la intervención no benefició por igual a todo el mundo; pareció ayudar más a quienes tenían más riesgo de quedarse atrás.
Esta es la primera idea del artículo: retirar el móvil no solo puede elevar ligeramente el rendimiento medio, sino que puede funcionar como una medida de equidad académica. En educación solemos asociar la equidad con apoyos añadidos, tutorías, adaptaciones o recursos compensatorios. Este estudio sugiere que también puede haber equidad en el diseño del ambiente. Reducir una fuente de interferencia beneficia especialmente a quienes disponen de menos recursos atencionales, menos hábitos de autorregulación o una posición académica inicial más vulnerable.
Y yo aquí terminaría de escribir este articulo, porque me parece que deberíamos reflexionar bien esta última frase.
¿Y esto qué quiere decir?
Para el profesorado, la consecuencia práctica no debería simplificarse en “prohibir móviles mejora las notas”, sino más bien como “la arquitectura atencional del aula importa”. Perdonad esta frase rimbombante, pero este estudio no demuestra que toda tecnología sea perjudicial, ni que el aprendizaje deba organizarse al margen de lo digital. Lo que muestra es que la disponibilidad permanente del teléfono durante la clase puede tener un coste observable, y que retirarlo de manera sistemática puede mejorar las condiciones de trabajo del alumnado, insisto, especialmente los más vulnerables.
Esto tiene una traducción sencilla en cualquier etapa educativa: cuando la clase exige explicación, práctica guiada, discusión, lectura, escritura, resolución de problemas o evocación de conocimientos, el teléfono debe estar fuera del campo de acción inmediato. No basta con pedir que no se use. La presencia física del dispositivo ya constituye una invitación a la supervisión permanente de lo externo. El aula necesita momentos protegidos en los que el alumnado no tenga que decidir cada minuto si atiende al contenido o al circuito social y notificacional del teléfono.
Una política estable convierte la retirada del móvil en una rutina, no en un castigo. Igual que yo cuando me pongo a escribir estas cosas.
Hay otro dato de gran interés para la gestión educativa. El alumnado que experimentó la retirada del móvil aumentó su apoyo a este tipo de políticas, percibió más beneficios y redujo su preferencia por aulas sin restricción. Esto contradice una intuición frecuente: que el alumnado rechazará necesariamente cualquier limitación. Cuando el alumnado vive la diferencia, la restricción deja de sentirse solo como pérdida y empieza a interpretarse como protección del propio aprendizaje. En la práctica diaria, probablemente esto aconseja explicar la medida sin paternalismo.
Un poco más técnico
La interpretación psicológica más plausible se apoya en las funciones ejecutivas, sobre todo con el control inhibitorio. El artículo señala que retirar los móviles puede proporcionar una estructura externa al alumnado con menor control ejecutivo, algo especialmente relevante para quienes todavía no han automatizado hábitos de autorregulación académica.
Aprender exige seleccionar información, mantenerla activa, relacionarla con conocimientos previos y transformarla en esquemas más estables. Cada notificación, cada impulso de comprobación y cada conversación digital latente compiten por esos recursos.
El estudio aporta un resultado especialmente importante: las mejoras académicas no parecen explicarse por mayor asistencia. Los análisis de asistencia no muestran evidencia consistente de que la política aumentara la presencia en clase. Por tanto, el mecanismo probable no es que el alumnado fuera más a clase, sino que algo cambió dentro de la clase.
También conviene subrayar lo que el estudio no encontró. La retirada del móvil no produjo cambios significativos en bienestar subjetivo, motivación académica, aprendizaje percibido, distracción percibida, tiempo total de pantalla, frecuencia de llevar el teléfono al centro ni experiencias de acoso en línea. Sí apareció un aumento leve del miedo a perderse algo, el conocido FOMO. Esta combinación es interesante: la restricción mejora calificaciones y modifica actitudes hacia la política, pero no transforma globalmente la vida digital del alumnado ni su bienestar declarado. El efecto parece contextualizado, no mágico, como suele ser habitual.
Las observaciones cualitativas de aula también resultan interesantes: los asistentes de investigación realizaron comprobaciones aleatorias y registraron menos uso del teléfono, menos conductas disruptivas y menos conversaciones no relacionadas con la materia. También observaron que el profesorado usaba menos el móvil, estaba más ocupado con materiales educativos y dedicaba más esfuerzo a mantener el orden y el foco. Esta parte del estudio permite pensar la prohibición no como una intervención sobre individuos aislados, sino como una intervención ecológica: cambia la distribución de conductas posibles dentro del aula.
La prudencia es imprescindible. El estudio se realizó en India, en alumnado de educación superior, con alumnado ya seleccionado académicamente, en un contexto geográfico e institucional específico. No podemos trasladar mecánicamente los resultados a infantil, primaria, secundaria o formación profesional. Tampoco sabemos si los efectos serían iguales en centros donde el alumnado dispone de portátiles, tabletas u otros dispositivos conectados. Los propios autores reconocen que hacen falta más investigaciones en otros contextos y niveles educativos, y sugieren que los efectos podrían ser incluso más pronunciados en edades más tempranas, aunque eso sigue siendo una hipótesis, no una conclusión demostrada.
Referencias
Sungu, A., Choudhury, P. K., & Bjerre-Nielsen, A. (n.d.). Removing phones from classrooms improves academic performance. Manuscrito no publicado.
Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A., & Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2, 140–154.
Zimmerman, B. J. (2000). Attaining self-regulation: A social cognitive perspective. En M. Boekaerts, P. R. Pintrich y M. Zeidner (Eds.), Handbook of self-regulation (pp. 13–39). Academic Press.

